La aragonesa Ana Sirvent viajó a Kenia para grabar un documental sobre la enfermedad.
26/09/2010 Teresa RIVASÉS
Mueren dos niños por minuto. Al año, un millón de personas pierden la vida y 250 millones quedan infe
ctados. Este es el impacto que causa la malaria, una enfermedad provocada por un mosquito, sobre todo en países de Asia y África. Una realidad que Ana Sirvent, una zaragozana de 25 años licenciada en Periodismo, apenas conocía antes de viajar a Kenia con el programa Stop malaria now!, impulsado por oenegés europeas como Medicos Mundi para concienciar a los jóvenes del problema.
Ana se fue queriendo “conocer, conocer, conocer”. Y aunque ha aprendido cientos de cosas, la vuelta le dejó casi sin palabras. “Ellos ven la malaria como nosotros vemos aquí una gripe de invierno”, explica como si todavía no se lo hubiese terminado de creer.
A través de un vídeo se dio cuenta del desconocimiento que hay en España de lo que es la malaria. El premio, poder ver con sus ojos cómo se vive desde un lugar como Malindi, desde dentro, y con una misión: elaborar un documental durante dos semanas junto a otros diez jóvenes como ella. Los dos primeros días se reunieron con los coordinadores para debatir los ejes del trabajo, que se concretaron en cuatro: creencias culturales, falta de conocimiento, carencia de servicios médicos y la pobreza. En este último grupo estaba Ana.
El cómo y el cuándo
Tras “darle muchas vueltas a la cabeza”, decidieron proyectar la idea de que “la pobreza y la malaria son un círculo vicioso del que no se puede salir. Hay malaria en un sitio porque hay pobreza”, afirma contundente. Esta enfermedad tiene cura, pero muchos deciden ser ignorantes por la falta de dinero e incluso los hay que creen que “esto no lo crea un mosquito”. Con la ayuda de varios técnicos, editaron las entrevistas y las fueron sumando a las que habían hecho los otros grupos. El vídeo estará listo dentro de unos dos meses y después será utilizado por las organizaciones.
El día más especial para Ana fue el que conoció a Sheldon, un biólogo más consciente de lo que le rodeaba. “Ese día volví al hotel alucinando y no queríamos que llegara el momento de terminar”, confiesa. De hecho, si tuviera que quedarse con una persona de las que ha conocido a lo largo de todo el viaje, sería con él. De allí se trae muchos recuerdos y una experiencia inolvidable. Y cómo no, las ganas de cambiar el mundo.
